#Francia| “Chicas, háganse lesbianas”

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Ayudamos a Alice Coffin (1978) a mover muebles, desplazar los sofás y reorientar la mesilla de su salón para que en las fotos de la entrevista no salgan las ventanas y no se pueda saber dónde vive. Cuando la entrevistamos, a mediados de diciembre, la activista francesa llevaba unas semanas sin protección policial, pero sus reflejos de seguridad seguían presentes.

La carrera militante de Coffin es larga: desde el equipo de fútbol antisexista Les Dégommeuses a La Barbe, colectivo de mujeres que denuncian con barbas postizas la predominancia de los hombres en los órganos de decisión, pasando por la AJL (Asociación francesa de Periodistas LGBTI) o la Confederación Europea de lesbianas (EL*C), que ayudó a fundar. Nunca, hasta ahora, tuvo que vivir con escolta policial.

Desde que la Alice militante fue elegida concejala del Ayuntamiento de París, en las elecciones municipales de junio de 2020, Coffin pasó a vivir con un pie en la calle y otro en las instituciones. Su primer gesto en la asunción de poder fue conseguir la dimisión del consejero de Cultura de la capital francesa, Christophe Girard, por su connivencia con el escritor y pederasta confesoGabriel Matzneff,a quien el Ayuntamiento pagaba una manutención. Convertida en una figura pública y mediática, Coffin comenzó a recibir amenazas de muerte y a vivir bajo protección policial por primera vez en su vida.

Algo que me pareció muy curioso en tu libro es cuando cuentas que en cualquier reunión o asamblea lesbiana lo primero que hacen es reordenar el espacio, cambiar la distribución de los muebles. Es un poco lo que acabamos de hacer ahora, ¿no?
Oh là, là [ríe], es algo que veo en todos los países, cada vez que estoy con un grupo de lesbianas. Creo que tiene que ver con una forma de estar cómodas, de querer que el espacio responda a tu forma de ver la vida. Lo de ahora es más por seguridad, aunque por suerte el ciberacoso y las amenazas que recibía han bajado mucho.

Tu libro Le génie lesbien [algo así como «el genio lésbico», en castellano; el libro no está traducido] busca sacar a la luz la contribución, en muchos casos fundamental, que las feministas lesbianas tuvieron en numerosos movimientos contestatarios, desde el feminismo francés de los años 70 al Black Live Matters. ¿Por qué crees que su papel ha sido invisibilizado?
Es una historia bastante desconocida, incluso para una lesbiana. Dentro del feminismo ha habido debates sobre si excluir a las lesbianas de la lucha, los hubo en el National Organisation for Women, la gran asociación feminista de Estados Unidos, y en el movimiento feminista francés, porque el lesbianismo político es una máquina capaz de derribar todos los cimientos de la sociedad, desde el patriarcado al capitalismo, pasando por la estructura colonial. Decir que eres lesbiana ya es de por sí una transgresión total con respecto a la construcción de la sociedad. Las lesbianas son el elemento que no debe ser mostrado porque amenaza directamente al patriarcado, desde el padre como cabeza de familia al «padre de la nación». Eso nos permite vigilar más de cerca y deconstruir más fácilmente ciertos sistemas. No es casualidad que haya figuras lésbicas en movimientos de resistencia como en Hong Kong, con Denise Ho, o que el origen del Black Lives Matters sean tres mujeres queer. Así que, sí, algunas feministas no se equivocaron al pensar que las lesbianas iban a aterrorizar a la sociedad (sonríe).

Portada del libro Le génie lesbien Foto: Teresa Suárez/Pikara Magazine

Por suerte estos dos últimos años parecen ser los del resurgir del movimiento feminista en Francia.
Sí, ¡y dos años de visibilidad lésbica, además! La actualidad nos cuenta cómo en el cine, en el periodismo o la literatura, cuando las lesbianas consiguen romper el muro de los temas lésbicos, provocan un cataclismo en la sociedad. El estreno de una película como Retrato de la mujer en llamas y que su directora, Céline Sciamma [lesbiana], aprovechara la promoción para hacer una crítica militante de la industria del cine en Francia fue un terremoto. Solo unas semanas después de su estreno una de las protagonistas, Adèle Haenel [también lesbiana] denunció los abusos sexuales que sufrió por parte de un director de cine siendo adolescente. Y unos meses después, durante la ceremonia de los premios César de la Academia de cine, un cuerpo lésbico, el de Haenel, en medio de ese mundo tan patriarcal, se levanta y se marcha gritando «vergüenza» del auditorio cuando anuncian el premio a mejor director para Roman Polanski, acusado de pederastia. Fue una ceremonia mágica si lo analizas como lesbiana porque, en cuanto tenemos la palabra, la explosión es increíble, un terremoto.

Da la impresión de que hay dos esferas: el mundo de la empresa y el de las instituciones, que han entendido perfectamente que pueden sacar beneficio dando espacio a un «feminismo despolitizado». Pero en el periodismo o en el mundo de la cultura, cuando entra en juego la representación simbólica, las reivindicaciones feministas tienen mucho menos eco. En tu libro explicas que directamente es porque en estos sectores piensan que no tienen un problema con el lugar de las mujeres.
Lo veía muy claro con nuestras acciones de La Barbe, nos infiltrábamos en reuniones de políticos, federaciones deportivas, empresas… No nos recibían con los brazos abiertos, pero no podían negarnos que tienen un problema con el lugar de la mujer en esos espacios. Buscaban justificaciones, ponen en marcha dispositivos… Porque saben que el problema es real. Pero en el mundo artístico era justo lo contrario, nos decían: «Os equivocáis de enemigo», «solo juzgamos en función del genio»; de ahí el título de mi libro. Para ellos todo es cuestión de talento, no entran en las cuestiones de producción, financiación o representación que otros sectores tienen más presentes. Por eso, si comparo el feminismo actual con el de los años 70, veo que estamos ante un momento revolucionario porque las feministas han puesto en su visor al mundo de la cultura. En los años 70 podía haber eslóganes más del tipo «mi cuerpo es mío», «yo decido sobre mi cuerpo», y ahora estamos liberando la imaginación, queremos que nuestras mentes nos pertenezcan. No es casual que este renacimiento aparezca con el movimiento #MeToo, que toma impulso en la industria del cine. Es una revolución sobre el control de nuestra imaginación, liberar nuestras maneras de pensar.

Y es algo que he sufrido con mi libro, sabía que había frases que podían molestar, pero jamás pensé que fuera una sobre la cultura que consumo. Aunque parezca anodino, me han llegado a amenazar de muerte simplemente por hablar de los libros que me apetecen o no leer. Porque saben muy bien que el combate por imponer su relato tiene un poder inmenso.

Alice Coffin en entrevista con Pikara Magazine. Foto: Teresa Suárez

Tu elección en junio de 2020 como concejala del Ayuntamiento de París en la lista del partido ecologista (EELV), ¿era el paso lógico tras tantos años de militancia?
Me entristece pensar que me he pasado muchos años diciendo que la política era algo en lo que no había que meterse porque nos hacía perder nuestra esencia, ser menos eficaces. Es un discurso que está muy presente en el militantismo, pero solo beneficia a los que ya están instalados y desean que sigamos siendo marginales. Y creo que es lo contrario, hay que entrar en políticaAlexandria Ocasio-Cortez [congresista estadounidense] lo explica muy bien: outside-inside, necesitas gente dentro de las estructuras que reflejen lo que está pasando fuera. Por eso, cuando el movimiento feminista se manifiesta a las puertas del Ayuntamiento de París contra Christophe Girard, yo salgo y me uno a ellas.

Al pedir la dimisión del responsable de Cultura, Christophe Girard, acusado de connivencia en el caso de pederastia del escritor Gabriel Matzneff, pusiste en práctica algo que defiende en tu libro, que lo privado es político.
Muchos compañeros me decían que había que ir despacio, que no podíamos hacer ciertas cosas, pero mi experiencia práctica me dice que ser directas, decididas, ayuda a federar a mucha más gente. Luego ves nuestras acciones, las manifestaciones, y permitieron sacar a la luz muchos más elementos del caso. Porque nuestro discurso está en los márgenes pero, cuando emerge, resuena en la experiencia de muchas personas.

Si se analiza Francia desde fuera, hay términos como «comunitarismo» o «universalismo republicano» que sobreentienden que los valores de la República son los mismos para todo el mundo y hacen que el país no pueda abordar temas como el racismo o el sexismo.
Son términos que no quieren decir nada, un cerrojo que impide cualquier debate constructivo. Quieren oponer la República a las luchas de grupos minoritarios y es una contradicción histórica, revisionismo, porque desde 1848 la República se construyó a base de luchas sociales y de representación que eran minoritarias. Cuando se trata de la República, la izquierda parece tener un problema con los discursos que dividen a la sociedad ¡pero es que no se puede ser amigo de todo el mundo! Y en cuanto al militantismo lésbico, nunca lo he visto como si no fuera un combate universal. En Francia se hace un uso perverso de la palabra comunitario, como si fuera excluyente. Y Monique Wittig lo explica muy bien: los combates minoritarios son de toda la humanidad.

Una de las ideas que más han chocado de tu libro es la frase: «Tías, haceos lesbianas» que, sin embargo, ya había sido usado antes por otras militantes, como Virginie Despentes.
Entiendo que la parte más polémica de la frase es la idea de hacerse lesbiana, pero creo que en 2020 no significa lo mismo que en los años 60 cuando los grupos homófobos hablaban de “elección” para justificar las terapias de conversión. Creo que se le puede dar un uso diferente para explicar, por ejemplo, que las lesbianas no son homosexuales, que ser lesbiana no tiene que ver con la orientación sexual. Me llama mucho la atención cuando mis amigas heterosexuales me dicen «no aguanto a los tíos, no tengo ganas de estar con tíos», y al mismo tiempo te dicen «pero ya sabes, me gusta acostarme con ellos». Para mí es como, “espera, espera, me estás enumerando un montón de cosas que como feminista no soportas de los hombres, que estás harta de educar a los tíos”, para al final decirme «ya sabes, me gustan». Yo creo que el tema de la sexualidad es una construcción y sufrir tanto solo porque te gustan los hombres entra dentro de esa construcción. Por eso, para mí, la frase de “haceos lesbianas” no habla de la orientación sexual, es más un eslogan político, una invitación a pensar fuera de un marco. No es tanto acostaros con chicas como no tengáis miedo a liberaros de la mirada masculina, actuando, pensando fuera del dictado de un mundo que gira en torno al hombre.

Fuente: Agencia Presentes, Diario El Diverso

Un comentario Agrega el tuyo

  1. feminiateo dice:

    Por supuesto que las lesbianas declaradas son en sí una amenaza al heteropatriarcado. Las personas que no respondemos a lo que el heteropatriarcado esperaría de nosotras tenemos que estar más organizadas, al menos tanto como la gente conservadora, que se reúne un rato todos los fines de semana en sus templos. En torno a una nueva religión atea/agnóstica, no dogmática, feminista, antirracista, ecologista y aliada de los movimientos LGTBIQ, lo conseguiríamos, y seguramente se formarían muchas comunidades. En infinito5.home.blog escribo sobre ella.

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