#Chile| Carta de una marika a Daniel Zamudio a 8 años del crimen de odio

Pero aquí me quedo para siempre
en este trópico mío.
¿hay algún culpable?
¿hay culpa alguna?
sintiendo siendo soy yo

TRÓPICO MÍO
(Fragmento)
Mara Rita Villarroel

Por Héctor Margaritas*

     Veinte años tenía yo cuando prendí la televisión un día de niebla en la ciudad de Concepción (Chile) para vislumbrar tu muerte, Daniel. Para saber que la noche anterior había caído sobre ti el yugo de la injusticia, el fascismo sobre tu cuerpecito de sirena blondie acabando con lo que más te gustaba hacer: bailarle a la noche estrellada. Cuántas velitas prendimos las errantes para avisarle a nuestros ancestros que te salves y cuentes la verdad que estaba estancada por la policía y el gobierno de turno; pero la muerte es un carrusel subterráneo que avanza y avanza dejando estragos silentes. Y así te fuiste, Daniel. Así te fuiste… con una esvástica dibujada en tu cuerpecito yerto un día veintisiete de marzo del año dos mil doce, tras veintitantos días de agonía en La Posta Central (Santiago de Chile).

Las “fobias” son reales sin embargo ninguna persona podría morir de trans/ lesbo y como en tu caso, Daniel: homofobia. Desde tu partida todas tomamos conciencia que salir de noche era peligroso. Desde tu partida tomamos conciencia que existían neonazis haciendo barridas. Desde tu partida que había grupos religiosos extremistas que nos querían extintas aunque no estén a favor del aborto. Entendimos, unas tantas, que causábamos peligro porque llenábamos  alamedas pidiendo justicia por ti y las caídas. Pero también entendimos que éramos débiles para el opresor.

Escribir sobre Daniel Zamudio no es un acto de rebeldía. Escribir sobre el asesinato de Daniel es dejar en evidencia el abuso constante en el cual nos hemos visto expuestas distintas personas de la comunidad LGBTI+. 

He tenido durante años la inquietud de hacer esta crónica, de hablar con Daniel a través de mi escritura marika. Él sabe quién soy; más de una vez fui a su animita ubicada en el Parque San Borja, arteria principal de Santiago, a dejarle un poemita con flores o ir al cementerio general para contarle que afuera aún vivíamos represión. 

Escribir sobre Daniel es dejar al descubierto una de las tantas problemáticas que existen actualmente en este país doloroso que logró explotar un dieciocho de octubre a propósito de las demandas sociales no cumplidas por el actual gobierno que cree devenir imperio con tan solo un 6% de aprobación. 

Meses después de tu muerte se promulgó y salió una ley con tu apellido, “Ley Zamudio” que, en el fondo, pretendía instaurar un mecanismo judicial que permitía resguardar a todes aquelles que hayan sufrido discriminación por terceros. De este modo los culpables serían llevados a un procedimiento judicial con eventuales medidas sancionatorias. Todo esto lo escribo como si fuese pasado porque en realidad nunca ocurrió Daniel. 

Nunca se puso en práctica de manera eficiente. Y, si alguna vez lo hicieron, los vacíos legales que existían en esta ley eran tan endebles que diferentes casos no siguieron su procedimiento y quedaron en la impunidad. Con certeza esto le está ocurriendo hoy, en el año dos mil veinte, ya a ocho años de la aprobación de la ley y de tu muerte por cumplirse a Josue Maureiria, quien en el estallido social fue apresado por fuerzas especiales y estos al vislumbrar su aparente homosexualidad tras ver sus uñas pintadas rojas lo obligaron a distintos vejámenes, pero el más cruel fue que entre dos policías sujetándolo le metieron y sacaron reiteras veces una luma por su ano. 

Te escribo esto Daniel no para que veas todo perdido, ni sientas pena donde sea que estés, si no para que entiendas que nuevamente las marikas salimos armadas a la calle y sin haber escuchado nunca el nombre ni apellido de Josué Maureira gritamos la injusticia para que nadie nunca más vea usurpados sus derechos humanos. 

Afuera las alamedas se paralizaron. Yo pienso que te habría gustado estar peleando contra la repre, lanzar piedras y combatir la injusticia. Sin embargo habrías tenido el mismo dolor ocular que sentimos muchas: Chile, país sin retina. Mañana humoristas machistas seguirán diciendo que eres nuestro mártir. No les creas. Mañana las cifras opresoras seguirán diciendo que no existe discriminación: no les creas. Un día conocí a alguien que te conoció, mientras me hablaba de ti también me veía yo. Me decía que eras dolida, buena para el karaoke cebolla, medio buena para la jarana y con aptitudes artísticas, me contaba que tu sueño era el modelaje y la actuación. Me da pena decirte que lo cumpliste, se han estrenado varias películas donde estoy segura tú serías la estrella principal de tu propia tragedia. También hubiste estado en matinales nacionales y diarios de prensa escrita y digital: todo porque cuatro asesinos corrompieron tus días. 

Doloroso conmemorarte lo es también hoy día, Daniel. Afuera los otoños siguen transcurriendo como si fuesen pájaros enormes. No eres un mártir para la comunidad LGBTI+Q nadie podría serlo después de vivir agonía más de dos semanas en un hospital público por haber sido secuestrada una nochecita entera. Pero eres más que eso para nosotras: perteneces a una realidad vivencial y visceral: perteneces a nuestro imaginario marika. Generas la dualidad de la cola fuertona y sin miedo. Aprendimos varias cosas de ti, Daniel. Seguramente el sismo de tu muerte nos siga atormentando por varios años más, posiblemente allá afuera seguirán matando a diferentes compañeras de la comunidad: el patriarcado no tiene fronteras ni límites: es perverso. Pero ya sabemos cómo atacarlo. Daniel: no estamos solas. No, ya no estamos solas. 

Fuente: Agencia Presentes, Diario El Diverso

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