#Mundo|¿CREES EN EL AMOR A PRIMERA VISTA? LA HISTORIA DE LIDIA Y SUSANA

Mi nombre es Lidia, tengo 39 años y una historia muy especial para contar. Hace 8 años trabajaba como camarera en una cafetería por las mañanas, por las tardes estudiaba para unas oposiciones.

A veces, cuando no había mucha gente y todo estaba tranquilo, cogía mis apuntes y repasaba. Un día, mientras estaba enfrascada en unos gráficos, una chica con la sonrisa más dulce que había visto en mi vida dijo: «perdón que te interrumpa, cuando puedas un descafeinado de máquina»

Nunca me había pasado pero me quedé mirándola unos segundos así como embobada. En plan, «pero tú quién eres y de donde has salido». Ella me miró divertida, y yo me obligué a dejar de mirarla porque temía que pensara que era tonta.

Siempre he tenido mucha seguridad en mi misma, y he sido la típica que en temas del amor va más de cazadora que de presa. Y la verdad, ahora que lo pienso, me importó muy poco que fuera mi lugar de trabajo.

Cuando iba a pagar le dije que el café lo invitaba yo con la condición de que volviera otro día, que esa sonrisa que tenía alegraba el día a cualquiera. Mi radar lésbico ya me había informado de que esa chica era de mi acera, pero claro, siempre hay riesgo de fallar.

Ella me dijo: hecho. Y dos mañanas después volvió.

No me pega nada ser mística ni creer en los horóscopos, pero os juro que yo sentía que esa mujer era la mujer de mi vida, y eso que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Era simplemente una sensación, como si la conociera de siempre y la verdad es que nunca antes la había visto.

Esta segunda vez me dijo que se llamaba Susana. Hablamos un poco de su vida y un poco de la mía. Ya lo de invitarla otra vez al café me pareció reiterativo así que acompañé el que le servía con una galleta.

¿Esta invitación es para que vuelva otra vez?, me preguntó. Chica lista, le dije. 

El tercer día que la vi pensé que tenía que arriesgarme, si ella volvía era por algo. Me miraba, pero no sabía si era porque estaba flipando con mis miradas insistentes o si yo también le gustaba.

«No debería decir yo esto, que trabajo aquí, pero conozco otra cafetería que tiene unos capuchinos descafeinados buenísimos. Si quieres podemos ir un día». Así se lo solté, y creo que aunque lo había ensayado me ruboricé.

Susana se río (¡bien!) y contestó: acepto, pero esta vez invito yo.

Casi me desmayo de la emoción, me faltaba el aire, pero aparenté normalidad.

El sábado siguiente quedamos a tomar un café después de comer, no dejábamos de conversar ni de mirarnos, no solo por tener varias cosas en común, sino que porque todo fluía muy bien. De la cafetería cambiamos a un bar para unas cañas, y de las cañas a un restaurante para cenar.

Esa primera cita no pasó nada, pero a la segunda no pudimos aguantar y nos besamos. Desde ese día no nos hemos separado. Han pasado 8 años y estamos casadas. Susana está embarazada de 27 semanas, seremos mamás de un niño.

Yo pensaba que esto del amor a primera vista era un recurso de las películas románticas, pero no, doy fe de que existe, y me alegra mucho haber hecho algo y no haberlo dejado pasar. Así que os animo con eso de que el amor nos puede sorprender cuando menos lo esperamos.

Fuentes: Revista Oveja Rosa , Diario El Diverso.

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