«CUANDO ME EMBARACÉ DE MI PROFESORA YO ESTABA CASADA Y EMBARAZADA»

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Yo tenía 20 semanas de embarazo cuando me apunté a una escuela literaria de mi barrio. Me había quedado en el paro y embarazada sabía que no tendría muchas posibilidades para encontrar un trabajo, así que mi marido y yo decidimos que tiraríamos del paro, su sueldo, nuestros ahorros, y que me quedara el resto del embarazo sin trabajar.

Así que me apunté a varias cosas para ocupar mi tiempo, cursos formativos laborales y este taller que llevaba tiempo queriendo hacer. Llegué a mitad de curso así que todos ya se conocían. Por una broma que hizo una compañera de clase me enteré que nuestra profesora era lesbiana.

Al principio me chocó un poco porque no se parecía en nada a las lesbianas que yo conocía, por ejemplo mi cuñada y su novia, dos mujeres de apariencia bastante masculina. Mi profesora, Katia, era muy femenina y muy sensual.

El flechazo que sentí fue inmediato, su inteligencia, su desparpajo, sus extensos conocimientos literarios. Pero claro, sentí que era admiración profesional, no amor romántico.

Fueron pasando las semanas y yo iba feliz a mis clases literarias, hasta que un día mi marido me dijo casi en broma: hablas tanto de tu profesora que parece que estás enamorada.

Yo en lugar de reírme me quedé helada. Es cierto, estaba enamorada. Todo encajaba. Y creía que quizás fuera correspondido. Sentía que Katia me trataba diferente al resto. Que me miraba y me buscaba más, incluso que a veces me coqueteaba. No podía ser imaginación mía.

A mis 35 semanas me dio un arrebato hormonal y le pedí a Katia un café, le dije que necesitaba hablar con ella. Antes de que nos trajeran el café a la mesa ya le dije que tenía sentimientos por ella. La pobre flipaba…

Katia me escuchó y no dijo casi nada. Simplemente apuntó mi barriga. El bebé al que le faltaba solo un mes para nacer. Mi anillo de matrimonio. «Si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, pero nuestras situaciones son muy diferentes», me dijo.

Lloré. Lloré tanto como si estuviera viendo una película dramática. Mi vida se hizo cuesta arriba, pero asumí que ese no era mi destino.

Nació mi hija y todo fue muy bonito, no volví a ver a Katia en varios meses, pero al curso siguiente decidí retomar, pensando que quizás ese enamoramiento había sido solo una locura del embrazo.

Pero no. Apenas la vi otra vez volví a sentirme embriagada de tantas emociones. Después de la clase me acerqué y le pedí perdón por cómo me había comportado. Ella fue muy agradable y me había quedado muy guapa después del embarazo. A mi me dio un vuelco el corazón.

El día más importante de la semana para mi era el del curso. Estaba nerviosa, ansiosa, feliz de verla. Tanto me afectaba a mi todo que decidí hablar con ella, esta vez sin drama, para decirle que lo mejor era que dejara las clases. Ella me confesó que también tenía sentimientos por mi. Y eso lo cambió todo.

Lo primero que hice fue decirle a mi marido que me había enamorado de una mujer. Él no daba crédito, nos habíamos casado hace solo tres años y nuestra hija tenía menos de un año. Se sintió engañado, traicionado, fue muy duro conmigo pero intentamos tener un alto al fuego por el bien de la niña.

Katia y yo tuvimos algo pero no resultó. Creo que todo el peso de mi divorcio y mi incipiente maternidad nos jugaron en contra. Pero nos queremos mucho y a día de hoy es una gran amiga.

La historia de Katia es muy importante en mi vida. Porque fue la mujer que me abrió a quien realmente era yo, a explorar algo que siempre me había dado miedo reconocer, que me gustaban las mujeres.

Después de Katia vinieron historias que no calaron. Hasta que llegó Vanesa, la mujer con la que estoy casada desde el año pasado. Es el amor en mayúsculas. Es todo lo que siempre busqué y desee en una relación. Es por quien me siento la mujer más afortunada de este planeta, mi elección diaria y con quien comparto la maravillosa crianza de mi hija.

Fuente: Mirales, Diario El Diverso.

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