#Mundo| ¿Cómo responder a los insultos en redes contra las personas LGBTI?

Desde 2016 se ha vuelto más frecuente que nunca que, en temporada preelectoral, algunas de las personas que aspiran a llegar a un cargo de elección popular acudan a las generalizaciones y a los señalamientos sobre las personas LGBT para despertar miedo y movilizar votantes. En otras palabras: se inventan la enfermedad para venderse como el remedio. Así, dicen, existe “una dictadura gay” o que un “lobby gay pretende homosexualizar a los niños”.

Por tanto, cada vez más gente se pregunta: ¿cómo responder a ese tipo de señalamientos que tanto se ven en medios de comunicación y en redes sociales? Para abordar esta y otras preguntas y teniendo en cuenta que 2019 es año electoral en Colombia (en octubre se eligen gobernadores, alcaldes y concejales, entre otros), Sentiido publica la segunda parte de la entrevista a Catalina Botero, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes y exrelatora especial para la libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Según Botero, la libertad de expresión debe protegerse como condición fundamental para la deliberación y la democracia, lo que supone aceptar que hay discursos que no nos gustan pero que no pueden silenciarse. “En todo caso, los funcionarios públicos no pueden utilizar un lenguaje discriminatorio”.

Catalina Botero
Catalina Botero es la decana de la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes y exrelatora especial para la libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Foto: Wálter Gómez Urrego.

Sentiido: Cada vez que algunos funcionarios públicos señalan en sus redes sociales que existe un “lobby gay”, que “las personas LGBT están en contra de la familia o que quieren imponer una ideología de género”, mucha gente se pregunta ¿cómo responder?

Catalina Botero: Los funcionarios públicos no tienen la misma libertad de expresión que los particulares. Un procurador general, por ejemplo, no tiene la misma libertad para opinar sobre asuntos públicos que una persona que no ocupa ese cargo. Además, ese funcionario tiene la obligación de suministrar información confiable, oportuna y verificable.

Es decir, si un procurador general dice que determinado comportamiento es un delito cuando no lo es, esa mentira está sancionada por la ley, mientras que si un particular señala lo mismo, podrá estar diciendo una mentira, pero no sería sancionado porque no se trataría de una falta administrativa ni disciplinaria.

“A MAYOR PODER, MAYOR RESPONSABILIDAD”.

Así, un funcionario público no puede decir que quienes tienen una orientación sexual o una identidad de género diversa no merecen el mismo respeto que las demás personas porque los funcionarios públicos no tienen la misma libertad de expresión que el resto de la población y contra ellos pueden interponerse acciones de tutela y de rectificación. A mayor capacidad de crear imaginarios y de producir efectos en la realidad, mayor contención en el ejercicio de la libertad de expresión.

S: ¿Y qué pasa cuando un funcionario público se refiere de manera displicente o discriminatoria sobre las personas LGBT?

C.B.: Cuando un funcionario público asume su cargo, jura cumplir con la Constitución política de Colombia y sus leyes y se compromete a decir la verdad, a no dar información imprecisa y a proteger, respetar y tratar a todas las personas de la misma manera. Esta persona podrá considerar, por ejemplo, que un delincuente debe recibir un trato cruel, pero no podrá decirlo porque podría hacer creer en otros funcionarios públicos que esa idea es legítima: cuando un funcionario público se pronuncia, legitima acciones.

“LOS FUNCIONARIOS PÚBLICOS NO PUEDEN UTILIZAR SU PODER PARA DISCRIMINAR O JUSTIFICAR LA DISCRIMINACIÓN”.

Por eso es tan grave que líderes políticos digan, como en Venezuela, que cualquier persona que se oponga al régimen chavista es un golpista. O que el senador Álvaro Uribe, en Colombia, califique a algunos periodistas de “terroristas”. Eso no lo puede hacer un funcionario público, sin importar si es de derecha, de izquierda o de centro, porque esas declaraciones además de fomentar imaginarios elevan el nivel de riesgo de ciertas personas.

S: Muchas veces los funcionarios públicos que se refieren a las personas LGBT de manera peyorativa, se escudan en “es mi opinión” o “es mi derecho a la libertad de expresión”. ¿Qué hacer en estos casos?

C.B.: Existe discriminación cuando se trata de manera diferenciada a dos personas por el color de su piel o por su orientación sexual por ejemplo. Cuando esa característica, moralmente irrelevante, se vuelve sustancial para clasificar a una persona de manera negativa, un juez puede decir: “no señor procurador, usted no puede hacer eso, porque cuando usted asumió esa función pública se comprometió a no utilizar su poder para tratar de manera distinta a las personas por virtud de esas características”. Un juez debe evaluar si el discurso de ese funcionario público es o no contrario a la Constitución que juro cumplir.

S: ¿Qué pasa cuando quien se refiere de manera displicente o discriminatoria hacia las personas LGBT no es un funcionario público?

C.B.: Quienes no son funcionarios públicos no juraron cumplir la Constitución y tienen derecho a ejercer su libertad de expresión, lo que incluye opinar de una manera que para muchas personas puede resultar inadecuada, pero el Estado no puede prohibir una opinión sino permitir el debate. (Ver: No. La culpa no es de las redes).

“DEFENDER LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN IMPLICA ACEPTAR QUE HAY DISCURSOS QUE NO NOS GUSTAN PERO QUE NO PUEDEN PROHIBIRSE”.

Además, pretender bloquear esos discursos también es perjudicial porque puede generar mártires: “a mí me metieron a la cárcel por defender la familia”, cuando en realidad fue por dar un discurso homofóbico. Pretender prohibirles a quienes no son funcionarios públicos usar un lenguaje discriminatorio o intentar meterlos a la cárcel por esto, no resuelve la discriminación sino que la invisibiliza.

S: Muchas personas que se refieren de manera peyorativa sobre las personas LGBT dicen no ser homofóbicas sino simplemente estar dando su opinión. ¿Todas las opiniones son igual de válidas?

C.B.: Si esa opinión proviene de una persona que no tiene un poder público debe ser respondida con más y mejor debate para desmontar los prejuicios que hay detrás. Pero meter al Derecho a resolver afirmaciones ofensivas o poner a un juez a decidir hasta dónde una persona puede opinar es entregarle al Estado la moderación del discurso y del debate y este no es quien para hacerlo porque el poder tiene interés en que no circulen ideas que lo limiten. Así que a estos señalamientos es importante responder con más y mejor debate pero sin meter al Estado porque este no tiene los criterios para dirimir esas controversias de manera justa.

Ahora, cuando no se trata de generalizaciones sobre las personas LGBT sino de un discurso ofensivo contra una persona en particular, con la intención de ofenderla, sin fundamento para expresar lo que dice y causándole un daño medible, se hablaría de un abuso en el ejercicio de la libertad de expresión. En esos casos el Derecho sí puede entrar.

S: ¿Qué tan aconsejable es reportar a las plataformas de las redes sociales los mensajes discriminatorios que allí se ven contra las personas LGBT?

C.B.: Si quien dice las frases discriminatorias es un funcionario público sí es aconsejable hacerlo porque estas personas tienen un deber especial de contención y de protección de derechos fundamentales en igualdad de condiciones y la discriminación, así sea en el lenguaje, viola ese deber. En otros casos, hay que contestar con más debate, no bloqueando los discursos. Prohibir la participación de estas personas no va a resolver el prejuicio que origina ese discurso: este sigue existiendo.

Catalina Botero
Según la abogada Catalina Botero, el límite al derecho a la libertad de expresión en el Derecho Internacional es la incitación a la violencia que no es lo mismo que la incitación al odio. Foto: Wálter Gómez Urrego.

S: Algunos líderes religiosos y conservadores señalan que cuando una persona los cuestiona por decir que “la familia correcta solo puede estar conformada por un hombre y una mujer”, entre otras frases, se está “atacando su libertad de expresión”. ¿Qué opina?

C.B.: Los líderes religiosos, como cualquier otra persona, están sometidos al escrutinio público y tienen la obligación de soportar las críticas sobre las expresiones que utilizan como la tiene cualquier otra persona. Si hay líderes religiosos expresando ideas que ofenden a una parte de la población, tienen que estar dispuestos a que esas personas les expresen lo que sienten y no pueden intentar silenciarlas. Esto no es un ataque personal: es el ejercicio de la libertad de expresión de quienes sienten en riesgo sus derechos.

“EN ESTOS CASOS NO HAY UNA VIOLACIÓN A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN, SINO UN DEBATE INDISPENSABLE PARA PROTEGER DERECHOS”.

De la misma manera que algunos líderes religiosos pueden proponer públicamente que solo existe un único modelo de familia, quienes creemos que hay muchos más, tenemos todo el derecho a cuestionarlos -e incluso a calificarlos- por excluir a las familias diversas de la protección del derecho.

Algunas de estas personas se ofenden porque las llamen “homofóbicas”, pero no pueden pedir que no se les diga de esta manera sino más bien explicar por qué ellos consideran que no es homofobia excluir de la posibilidad de contraer matrimonio a las parejas del mismo sexo. De esta manera entramos en una deliberación o la manera como tienen que resolverse estas disputas.

S: ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión?

C.B.: El límite al derecho a la libertad de expresión en el Derecho Internacional es la incitación a la violencia. Es decir, expresar ideas o información con la intención de generar violencia. Si yo expreso una idea o una opinión sin la intención de generar violencia o sin tener conciencia de que eso puede causarla, no califica en esta categoría.

Hay que tener cuidado con definir “incitación a la violencia” porque quien va a sancionar a la persona es el Estado y los estados autoritarios consideran que cualquier crítica al ejercicio del poder es “incitación a la violencia”. Con este argumento, las autoridades estatales pueden restringir discursos no solamente legítimos sino necesarios.

“CUESTIONAR EL EJERCICIO DEL PODER ESTÁ PROTEGIDO POR EL DERECHO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN”.

En Venezuela, por ejemplo, cualquier crítica a Maduro es considerada “incitación a la violencia” o “generación de zozobra pública”. En otras partes, si hay un tiroteo en una cárcel y un grupo de periodistas lo reporta, el Estado los acusa de estar “generando zozobra”. No, lo que genera zozobra es el tiroteo, no que los periodistas lo cubran.

S: Algunas personas que están en contra de la diversidad sexual y de género dicen: “los LGBT hablan de respeto, pero fomentan odio porque nos tratan de homofóbicos o fundamentalistas por nuestras creencias religiosas”. ¿Qué opina?

C.B.: La expresión “discurso de odio” es tan ambigua que así como la puede utilizar una persona que forma parte de una población marginada, también la pueden utilizar las mayorías cuando sus prejuicios están siendo enfrentados. Por eso es tan difícil acudir a esa categoría para sancionar a alguien. En todo caso, no creo que decirle a una persona “homofóbica” sea un discurso de odio. La persona debe poder justificar por qué su mensaje no es homofóbico. Ese es el debate y no prohibir que alguien utilice esa expresión y estigmatizarla por eso.

S: ¿Qué características debe tener un mensaje para clasificar en  “incitación al odio” o “incitación a la violencia”?

C.B.: Lo que está prohibido en el Derecho Internacional no es la incitación al odio sino la incitación a la violencia, porque decir que un determinado partido político promueve unas ideas que conducirán al país al caos puede ser interpretado como “incitación al odio”. El expresidente Chávez, en Venezuela, decía que había que encarcelar a la oposición porque lo odiaban y que cuando lo criticaba incitaba a la gente a que lo odiara. Y se trataba, simplemente, de cuestionamientos propios de la oposición.

“LA EXPRESIÓN ‘INCITACIÓN AL ODIO’ ES TAN VAGA QUE CUALQUIER PERSONA PUEDE UTILIZARLA”.

En ocasiones, incitar al odio incluye incitar a la violencia pero a veces no. Alguien podrá decir que cuando los animalistas proclaman que las corridas de toros son una forma de tortura se estaría incitando al odio contra quienes disfrutan este espectáculo. Y no es así. En ese caso, se trata de la discusión sobre una práctica que para una parte de la población es cultura pero para otra es tortura.

La expresión “incitación al odio” es tan ambigua que si a unas personas les dicen que su líder político es populista pueden decir que eso es “incitar al odio”. Por eso el Derecho Internacional no prohíbe la incitación al odio sino la incitación a la violencia.

En términos jurídicos, si la pregunta es si pueden prohibirse los discursos que reafirmen estereotipos, la respuesta es “no” porque puede terminar sancionándose a una persona por hacer una publicidad de jabones con una mujer lavando la ropa, argumentando que “reafirma un estereotipo que le ha hecho daño a la igualdad de las mujeres”. Pero a quien hace esa publicidad no puede sancionarse jurídicamente. Esas situaciones deben enfrentarse con más y mejores debates, con más y mejores razones, no prohibiéndolas. El Estado no debe moderar esas discusiones porque se ocultarían los síntomas y no se combatiría la enfermedad que es el sexismo, el racismo o la homofobia.

S: Mucha gente cree que memes como el que en su momento le hicieron a la profesora Carolina Sanín son merecidos porque, argumentan, ella es agresiva en redes. La conclusión es, más o menos, “se lo buscó”. ¿Qué opina?

C.B.: Decir que alguien se buscó que lo insultaran me parece un comentario desafortunado. Independientemente de lo que una persona haga, nada justifica una reacción violenta, ni siquiera violencia simbólica o virtual. No me parece que argumentar que una persona sea agresiva en sus redes sociales justifique una reacción violenta.

S: ¿Será que la agresividad que a veces se ve en redes ha llevado a que muchas personas, especialmente mujeres, se autocensuren?

C.B.: Sí, esa agresividad genera autocensura, inhibición y afecta el debate público. Las amenazas limitan la libertad de expresión. En ese sentido es muy importante la autorregulación de las redes sociales y de la comunidad virtual. De ahí la importancia de reportar a las mismas plataformas las agresiones que no alcanzan a ser incitación a la violencia ni amenazas de muerte pero que sí inhiben el debate y agreden a quienes están discutiendo.

“EN LAS REDES SOCIALES HAY MUCHAS AGRESIONES DE GÉNERO, UNA FORMA RECURRENTE DE INHIBIR EL DISCURSO CUANDO LA PERSONA NO ESTÁ DE ACUERDO CON LO QUE UNA MUJER DICE”.

Si hay una amenaza de muerte o una incitación a la violencia u otras razones para limitar el discurso, entra el Derecho, las reglas de la plataforma y la autorregulación de los usuarios. Uno debería no solo reportar a la gente que utiliza esos discursos sino dejar de seguirla y demostrar que esas formas de inhibición del debate son inadmisibles.

S: Otro tema son las burbujas en las redes sociales. Por un lado, están las personas progresistas conversando entre sí y, por otro, las personas conservadoras. ¿Cómo tener más y mejores debates?

C.B.: Internet tiene un potencial democratizador tan grande que hay que tener mucho cuidado en su regulación. También tiene unos efectos colaterales como es la creación de nichos o de cámaras de eco que generan unas comunidades que empiezan a pensar que el mundo es como ellos quieren que sea o que la realidad se asemeja a sus creencias. Así, pierden la capacidad de diálogo, de deliberación, se vuelven profundamente intolerantes, dejan de debatir, de poner a prueba sus convicciones y empiezan a reforzar y a reafirmar sus prejuicios. Pierden la dimensión plural de las sociedades.

S: Los fact checking de cadenas de WhatApp y los artículos que buscan desmentir las noticias falsas nunca tienen tanta acogida como las mentiras. ¿Cómo romper con este círculo?

C.B.: La gente consume información falsa porque además de ser llamativa, logra inclinar a la persona por una preferencia fundamentada en razones que no son ciertas. Muchas veces, detrás de esa práctica hay dinero de por medio porque el mercado premia la mayor cantidad de interacciones que tenga un contenido digital.

Esto puede controlarse en cierta medida con alfabetización digital. Hay que cuestionar a quienes tengan esas prácticas -sin importar si coinciden o no en términos ideológicos- porque tergiversan el proceso de deliberación democrático. Es un proceso lento y difícil. La lucha contra el amarillismo es histórica pero se trata de mostrarle a la gente que tomar decisiones de conformidad con sus creencias y no con la evidencia puede ser contraproducente. En todo caso, los ejercicios de fact checking son casi obligatorios.

Fuente: Sentiido, Diario El Diverso

#Colombia| Alanis Bello: no quiero ser un hombre ni una mujer

Un día los papás de Alanis le regalaron un kit de herramientas para que “jugara como los hombres” (les parecía muy “mariquita”). Lo primero que Alanis hizo con el martillo y el destornillador fue ponerles pelo y hacerles ojos.

La respuesta de la escuela fue: el niño tiene un problema. “yo simplemente estaba jugando. ¿Cuál era el miedo? ¿Que el mundo fuera libre? ¿Que tengamos niños felices?”, se pregunta Alanis.

La psicóloga del colegio les sugirió a sus papás que la cambiaran del colegio masculino en el que estudiaba a uno mixto porque seguramente la cercanía con niñas le ayudaría a volverse “un hombre de verdad”. Así lo hicieron. Y Alanis llegó a hacerles trenzas a sus amigas. En el colegio, además, culparon a su mamá cuando Alanis cuestionó que la obligaran a ser masculina. “Lo está volviendo maricón”, le dijeron.

Durante mucho tiempo Alanis no entendía si era un hombre o una mujer a pesar de que la vestían como un niño y la obligaban a asumir comportamientos masculinos. Y no jugar fútbol y no practicar deportes rudos la convirtió en objeto de bullying. “Descubrir la palabra ‘marica’ fue muy duro porque desde muy temprano me di cuenta de que la forma en que la mayoría de personas LGBT experimentamos discriminaciones es por medio de las palabras”.

Más adelante, intentó identificarse con los modelos de identidad gay estilo Chapinero, pero se sintió excluida. “Yo vengo de una familia de clase popular”. Al entrar a la universidad y conocer otros contextos empezó a usar hormonas, pero tampoco se sentía una persona trans femenina.

Ahora se identifica como una persona trans no binaria o como alguien que hace tránsitos permanentes que no necesariamente van de lo masculino a lo femenino. “En mi cuerpo se reúnen las diferencias tanto de la masculinidad como de la feminidad y por eso no quiero cerrarlo a una sola categoría. No lo hago como un asunto académico ni necesariamente político, sino porque así lo siento”.

En parte, Alanis es maestra porque quiere hacer de la escuela un lugar de libertad. No haber podido decidir durante su infancia le hizo mucho daño y no tiene la menor duda de que los más afectados con los estereotipos de género son los niños y las niñas. “Los grupos conservadores los utilizan diciendo ‘defendemos a nuestros niños’, pero en realidad no defienden sus libertades sino la imposición de unas normas adultas”.

no quiero ser un hombre ni una mujer
Según Alanis, en una sociedad tan desigual como la colombiana, es muy importante hablar de género.

Sentiido: En 2016 renació el concepto “ideología de género”. Desde entonces, muchas personas evitan la palabra “género”. ¿Por qué cree que en algunos sectores existe ese miedo o rechazo por esta palabra?

Alanis Bello: Se trata de una estrategia global, no es algo exclusivo de Colombia, para frenar los avances feministas y LGBTI. El fantasma de la “ideología de género” es un revés de sectores conservadores y religiosos que perciben estos logros como una manera de socavar su privilegio para ordenar los cuerpos.

En cada país el discurso se ha acomodado a su contexto político. En Colombia, por ejemplo, les sirvió para asustar a quienes querían votar por el “sí” en el plebiscito de los acuerdos de paz, con el argumento de que “promoverían la homosexualidad de los niños y el fin de la familia”. Se trata de una fuerza que quiere atarnos al pasado, llevarnos de nuevo a esos roles “femeninos” y “masculinos” o donde las mujeres son vistas solamente como paridoras y las personas con otras sexualidades como enfermas.

“ESTOS SECTORES CONSERVADORES ESTUDIAN LAS TEORÍAS DE GÉNERO PARA TERGIVERSARLAS E INTENTAR PARALIZARNOS EN EL SIGLO XIX”.

En realidad, la categoría “género” nos ha permitido hablar de las desigualdades de poder porque tiene un horizonte de justicia. Cuando hablamos de “género” nos referimos a sociedades más democráticas o donde todas las personas tengan las mismas oportunidades sin importar si son o no heterosexuales. El género nos ha permitido abrir una pequeña ventana a las personas trans: si no fuera por las luchas alrededor del género no podríamos ser visibles.

Muchas veces las personas no quieren hablar de “género” porque quieren eliminar la diferencia e imponer una dictadura heterosexual. Hablar de este tema incomoda porque ha sido una categoría fundamental para entender las violencias que han vivido las mujeres y las personas LGBT y que antes eran vistas como merecidas. De hecho, cuando hablamos de género, hablamos de solidarizarnos con el dolor ajeno. Es una categoría que nos abre posibilidades de justicia y que debe pensarse en diálogo porque no existe una sola forma de ser hombre o de ser mujer, eso depende de la clase social, de la atribución étnico racial, de la sexualidad…

“HAY QUE LUCHAR CONTRA TODAS LAS FORMAS DE OPRESIÓN: SEXISMO, RACISMO, HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA Y CAPITALISMO”.

Si una persona decide ir más allá de las normas binarias de género, la primera afectación que recibe es económica. Sin embargo, todos de alguna manera somos vulnerables y esa vulnerabilidad nos acerca: cuando una persona lucha por un mejor sistema de salud para las personas trans, está luchando por un mejor sistema para todas las personas sin importar cómo nos vemos. Cuando hablamos de niños LGBT hablamos del derecho de todos los niños a recibir una educación para la sexualidad laica y científica.

S: También hay un miedo profundo a cuestionar la feminidad y la masculinidad como asuntos biológicos. ¿Por qué?

A.B.: Los discursos que plantean algunos sectores conservadores de “es biología” para justificar sus argumentos, ya es un discurso cultural porque plantea una idea normativa de la biología. En ese bus naranja que circuló por varios países y que decía: “No te dejes engañar: las niñas tienen vagina y los niños pene” podemos inferir que esos sectores conservadores asumen que esa es la única biología que existe, pero esa forma de entender los cuerpos diezma la ciudadanía de quienes no encajan en esos moldes.

“NUESTROS CUERPOS Y BIOLOGÍAS SON MÚLTIPLES”.

Ahora, si se revisan los trabajos de las biólogas feministas se encuentra que el cuerpo es mucho más complejo del binario del que nos hablan. Nuestras biologías tienen caracteres masculinos y femeninos. Pero el tema acá es tratar de imponer una idea de “la biología”.

no quiero ser un hombre ni una mujer
Según Alanis, lo de la “ideología de género” evidencia un proyecto político conservador de fondo donde los más afectados son las niñas y los niños.

S: Es decir, ¿estos sectores conservadores ven la biología como algo estático para cerrar los debates con un “es así y punto”?

A.B.: Durante algún tiempo se habló de “mujeres biológicas” y de “mujeres trans” como si estas últimas no fueran también biológicas. Los movimientos de personas trans le apuestan a que comprendamos que nuestros cuerpos son plurales, que existen mujeres con pene, hombres con vagina, personas intersexuales y hombres femeninos y mujeres masculinas. Es ver las diferencias de nuestros cuerpos como parte de lo biológico.

S: A muchos sectores conservadores les molesta que se diga “no se nace hombre ni mujer”. ¿Cómo explicar esto?

A.B.: Algunos sectores conservadores asumen mal la idea de “no se nace hombre ni mujer sino se llega a serlo” porque creen que las personas nacen hombres y mujeres heterosexuales y punto. Les asusta pensar en otras posibilidades y les despierta terror aceptar que existen niños maricas y niñas lesbianas. Piensan que si es así es porque algo no está bien y está impidiendo “lo natural”.

Mi perspectiva pedagógica no es pretender que niños y niñas sean lesbianas, gais o trans porque eso sería repetir lo mismo que hizo la cultura heterosexual de imponernos ser hombres o mujeres heterosexuales. Por el contrario, debemos darles la oportunidad de vivir sin esas categorías.

S: ¿Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres marcan características de unos y otras (entendiendo, por supuesto, que estas diferencias no deberían traducirse en desigualdades)?

A.B.: Sí marcan diferencias. No es lo mismo tener o no un útero. Nuestros organismos son diferentes pero la cultura ha hecho que nuestras diferencias biológicas se traduzcan en desigualdades. Durante mucho tiempo los comerciales de toallas higiénicas o medicamentos para disminuir el cólico menstrual, mostraban que las mujeres siempre deben estar felices, así no estén bien. ¡Claro que hay diferencias! Las mujeres trans, por ejemplo, no tienen las mismas experiencias de las mujeres cisgénero. Son cuerpos diferentes y esas diferencias deberían enriquecernos y no ser barreras limitantes.

Para las personas trans es importante hablar de nuestros cuerpos porque vivimos en un sistema médico que no los comprende, en un sistema educativo que no sabe cómo hablar de sexualidad con nosotros y con amantes que les da miedo meterse con una persona trans. Tenemos que romper esas fronteras y escucharnos y solidarizarnos.

De hecho, ¿por qué a lo largo de la historia se ha asumido que una persona que introduce su pene en una vagina tiene que casarse para toda la vida y comprar una casa y ojalá otras propiedades? ¿Por qué pensar que tener una relación sexual debe involucrar la tierra? Eso es raro. ¿Por qué no cuestionamos eso que se dice “normal” y por qué el hecho de que mi cuerpo tenga pene y tetas puede resultar tan dañino?

S: Algunas personas hablan de “sexo asignado al nacer”, pero quienes no son expertas en el tema, quedan perdidas. ¿Cómo explicar que el sexo sí fue asignado a pesar de que a quienes nacen con vagina se les llama “mujeres” y a quienes nacen con pene, “hombres”?

A.B.: Antes de que las personas nazcan, con base en los genitales que se ven en las ecografías, se les asignan identidades y futuros. La medicina se ha encargado de clasificar los cuerpos y de definir qué es normal y qué no. Sin embargo, hay comunidades indígenas que les asignaban el sexo a los niños con base en los sueños. Nosotros nos basamos solamente en los genitales que no definen ser masculino o femenina, esto depende de enseñarles a esos menores a portarse de una forma y no de otra: a ser delicada si eres niña y fuerte si eres niño. ¿Por qué esa clasificación? Para establecer jerarquías entre hombres y mujeres.

S: Muchas personas entienden el género como una categoría estática y no como un amplio espectro. ¿Cómo explicar esto?

A.B.: Tratar de construirme como Alanis es para mí estar al borde del borde. No me interesa pertenecer a ningún género. Quiero ser libre porque siento que esas casillas de “hombre”, “mujer”, “gay”, “trans” o lo que sea, nos limitan, nos hacen pensar que, obligatoriamente, así será para siempre. Mis tránsitos son de alianzas y de amores.

“YO NO CONSTRUYO MI IDENTIDAD PARA EXCLUIR SINO PARA CONECTARME CON LA GENTE”.

A mí me funciona la política del afecto, del cuidado y de encontrarnos sin necesidad de acudir a una categoría para unirnos. Estoy de acuerdo en defender identidades como “LGBT” pero de manera estratégica. Por ejemplo, si atacan a una persona gay y hay una política LGBT, ¡usémosla! Si algunos sectores quieren eliminar la educación para la sexualidad, luchemos como personas LGBT para que esto no pase. Pero en mi vida cotidiana y en mis interacciones con el mundo, esas categorías me limitan.

no quiero ser un hombre ni una mujer
Alanis tiene una pareja que la entiende y que la apoya y eso le da fuerza porque es agotador estar peleando todo el tiempo. “A veces, simplemente, quisiera irme”, dice.

S: A mucha gente le causa ansiedad no poder identificar rápidamente si una persona es hombre y mujer y se codea y se pregunta entre sí “¿es hombre o mujer?”. ¿Cuál ha sido su experiencia al respecto?

A.B.: En mis trabajos yo exijo que me llamen Alanis porque es el nombre que yo elegí. Exijo que mi cuenta de correo y todos los documentos estén a ese nombre, así por ahora no quiera cambiar el nombre masculino que me otorgó mi familia. Sin embargo, un día, un ingeniero de sistemas me dijo que yo ponía en crisis el sistema porque estaba usando dos identidades. Yo le respondí que no estaba atentando contra nadie pero mucha gente nos ve como personas que ponemos en crisis a las instituciones.

Todos los fracasos de la humanidad son producto de pensar de manera binaria: “malos” y “buenos”, “negros” y “blancos”, “hombres” y “mujeres”, “heterosexuales” y “homosexuales”, lo que no permite otras pluralidades. Las personas que hacemos tránsitos tenemos que explicarnos todo el tiempo para poder sobrevivir. Somos máquinas pedagógicas con patas. Nos la pasamos explicando por qué no deben matarnos, por qué no deben clasificarnos, por qué no pueden jodernos. Es una situación tan desgastante que repercute en nuestra salud mental. Vivimos estresadas, con miedo de salir a la calle, de que nos peguen, nos maten, nos violen y no nos amen.

S: En muchas partes es evidente la diversidad étnica, expresión de género, creencias religiosas, etc., pero en países como Colombia, ¿se tiende a la homogeneidad al menos en la expresión de género?

A.B.: Yo no siento que en una ciudad como Bogotá haya homogeneidad. Hay personas migrantes y generaciones de familias negras o indígenas bogotanas. El asunto es que no hemos incorporado las diferencias que nos atraviesan. Hay muchos casos de hombres negros que solamente son vistos como máquinas sexuales u objetos de deseo pero no como personas que uno llevaría a su casa para presentarlas como su pareja.

Yo no utilizo la expresión “comunidad LGBT” porque no operamos como una comunidad sino como grupos sociales con luchas similares o que coincidimos en temas pero nuestras experiencias son múltiples. Así como hay hombres gais de izquierda hay otros de derecha. Mi sueño es hacer un sindicato de maestros y maestras raritos, lesbianas y trans porque no tenemos voz. Todo eso de la “ideología de género” afecta, por ejemplo, el derecho laboral de una maestra que se asuma lesbiana en un colegio.

S: ¿Por qué cree que a algunas personas les incomoda que una mujer se vea “masculina” y un hombre “femenino”?

A.B.: Existen los imaginarios de género. De las mujeres se espera docilidad, pasividad y delicadeza, mientras que de los hombres fuerza, razón y violencia. Y cuando una persona con vagina no cumple con esas expectativas de ser femenina y que le gusten los hombres, de inmediato entra la disciplina social a “normalizarla” porque piensan que pone en peligro la idea de “lo natural” o lo que debe ser.

Quienes nos salimos del mundo imaginario donde solamente existen hombres y mujeres, somos vistos como intrusos. En los museos, por ejemplo, solo se ve la historia heterosexual. Por eso acompañé a las mujeres trans de Chaparral (Tolima) en su apuesta de montar el museo travesti. Preservar el pasado de transgresiones de género y de sexualidad es una forma de incidir en el presente y en el futuro: hemos estado y seguiremos estando.

S: La presión social, las miradas y los agravios muchas veces impiden que una persona viva su género libremente. ¿Cómo ha sido su experiencia?

A.B.: En muchas películas se muestra que cuando una persona sale del clóset se libera, todo el mundo la acepta y es feliz para siempre. Para mí el clóset es como ese monstruo fantástico de la literatura griega que tenía mil cabezas: cuando uno piensa que ha salido del clóset, después viene otro y así sucesivamente. Salir a la calle con una determinada ropa a veces implica tener que ponerse chaquetas encima para no ser agredidos. Ese es justamente el privilegio heterosexual: poder ser en cualquier parte. Por eso no me gusta la metáfora del clóset: yo no salí del clóset sino que invité a mi mamá a que entrara en él y me hiciera compañía porque en el mundo no encuentro libertad.

S: ¿Qué implica en la cotidianidad ir más allá de “hombre” y “mujer” o “masculino” y “femenino”?

A.B.: Yo he aguantado ir al baño un día entero. En algunos trabajos en los que he estado, a pesar de que hay gente open mind, muchas veces evito entrar al baño porque me da pánico que si entro al de mujeres me vayan a sacar y si lo hago al de hombres me hagan sentir mal. También he tenido que optar por esconderme y por salir a la calle con mil chaquetas porque siento terror.

“HE TENIDO QUE LUCHAR CON NO SUICIDARME Y CON SENTIR QUE SOMOS CUERPOS PARA ODIAR”.

También pasa que a veces la gente no me cree. Si yo digo algo, la respuesta puede ser: “¡ah! Pero lo dice esa loca”. O me encasillan. En mi rol como maestra donde tengo experiencia como investigadora en temas de sociología del trabajo y memoria histórica, siempre me invitan a hablar de género como si solamente pudiera abordar este tema. Es lo mismo que cuando encasillan a las personas negras a hablar solamente de racismo.

S: Cuando se acerca la marcha LGBTI es frecuente leer o escuchar frases como “hay que asistir bien presentados” o “cómo vamos a exigir igualdad si salen como unas locas”. ¿A qué le atribuye esto?

A.B.: La marcha es un espacio interesante de hacer presencia en la ciudad, pero muchas veces está cooptada por los bares. Es cierto que es un espacio de fiesta y de diversión pero los bares tienen allí un amplio espacio y eso crea una desconexión frente al mensaje político que busca transmitir. También es cierto que hay quienes se quejan de que algunas mujeres trans muestren sus tetas porque consideran que eso no es aceptable, como si la única manera de obtener derechos fuera apelando a la moralidad. El mensaje es que según como una persona se comporte se garantiza sus derechos. Una mujer trans fumándose un porro y mostrando sus tetas es vulgar porque se piensa que solamente somos ciudadanos si cumplimos con las normas morales impuestas por la sociedad.

Entonces, será mejor mostrar un gay masculino, con una pareja similar, que no ponga en tensión a la sociedad heterosexual. Pero todas las personas tenemos derechos. Y lo que hacen las mujeres trans es mostrar el orgullo de un cuerpo: transitar en su cuerpo es lo único que este mundo les ha permitido.

S: Muchas veces a las personas trans se les exige “cuestionar el género” o ir más allá de lo femenino y de lo masculino casi como si esa fuera su misión en la vida. ¿Qué opina?

A.B.: Las personas trans aprendemos el género en la misma sociedad que el resto. No tenemos otros parámetros para aprender del tema. Algunas mujeres trans, por ejemplo, pelean entre sí por un hombre. Entonces, es complejo pedirles que sean “las revolucionarias de las identidades de género”. Liberarnos de los estereotipos de género no es una tarea exclusiva de las personas trans sino de todas porque a todas nos oprimen.

“LO TRANS NO ES UNA IDENTIDAD SALVADORA, TAMBIÉN TIENE  CUESTIONAMIENTOS”.

Para mi la categoría trans no es estable. Nos permite ir y venir, construir el cuerpo de manera autónoma y luchar contra la imposición de unos géneros. Pero, por supuesto, nuestras experiencias de vida no son iguales: hay personas trans que están en la calle y otras que han pasado por la universidad.

S: ¿Cómo empezó a cuestionar categorías como “masculinidad” y “feminidad”?

A.B.: Las desigualdades creadas entre hombres y mujeres empiezan a ser cuestionadas desde los años 60 y 70 con los feminismos de segunda ola que acuden a la categoría “género” para evidenciar la posición subordinada que tienen las mujeres y quienes se salen de tener que ser un hombre o una mujer. Esta es una categoría que ha mutado con el tiempo y que dependiendo de los contextos tiene su propio significado.

¿POR QUÉ LAS TAREAS DE LAS MUJERES Y LAS DE LOS HOMBRES SON DIFERENTES?

En los últimos años las personas diversas sexualmente se han apropiado de la categoría “género” para cuestionar esa división arbitraria que hace la cultura de los cuerpos y la obligación de tener que ser hombres masculinos y mujeres femeninas. No existe una base biológica, natural, verdadera o como quiera llamarse que haga que los cuerpos sean masculinos o femeninos. Estas son formas culturales de existir que se aprenden en las casas, en las escuelas o en el espacio público. Todo está codificado en ser un hombre o una mujer sin permitir una autonomía para decidir.

S: ¿Qué implica vivir en la cotidianidad, cuando uno intenta ir más allá de ser “hombre” o “mujer” o “masculino” o “femenino”?

A.B.: Desafiar las normas de ser hombre o de ser mujer en una sociedad como la bogotana implica cerrarse puertas, que el cuerpo sea un objeto sospechoso y que muchas veces no nos traten como seres humanos. Identificarme como una persona trans no binaria me ha representado rechazo, invisibilidad, falta de credibilidad, que las personas no me tomen en serio, que muchas veces no se respete mi identidad y que constantemente tenga que andar explicando quien soy.

Muchas veces lo hago a manera pedagógica pero hay momentos en los que siento que esto se convierte en una tarea fastidiosa y compleja porque es como si tuviera que pedirles permiso a las personas para existir. Eso no lo viven otros. En mi caso, también ocupo esa posición privilegiada de contar con títulos académicos y de ser docente e investigadora, oportunidades que otras personas trans no tienen. Un escritor argentino brasilero Néstor Perlongher (1949 – 1992) decía: “no queremos que nos discriminen ni que nos maten. Lo que realmente queremos es que nos deseen”.

Fuente: Sentiido, Diario El Diverso